Alexievich

Svetlana Alexievich y el testimonio que no se escuchó

Este año leí dos libros escritos por Svetlana Alexievich: La guerra no tiene rostro de mujer y Voces de Chernobyl.

Ambos libros son recopilaciones de testimonios rescatados por la autora, en los que va entrevistando a distintos hombres y mujeres que fueron partícipes de la historia. El primer libro nos cuenta el quehacer de las mujeres soviéticas que pelearon en la Segunda guerra mundial, tanto de aquellas que combatieron cuerpo a cuerpo como las que perdieron a su familia a causa de la guerra. El segundo libro cuenta la historia de los sobrevivientes del desastre de Chernobyl. Utilizando la misma fórmula, rescata los testimonios tanto de quienes vieron morir a su familia a causa de la radiación como los que se transformaron en parias por el resto de sus vidas.

Svetlana Alexievich
Svetlana Alexievich

El ejercicio de Alexievich es interesante por varias razones. La autora al transcribir fragmentos de relatos seleccionados por ella, toma la decisión de esgrimir qué testimonios pondrá en su libro y en qué orden. Esto implica una selección racional que busca visibilizar ciertos relatos por sobre otros y, en ese sentido, hay un interlocutor que media entre las voces y los lectores. Aclaro esto porque no es un libro que recopile testimonios aleatoriamente y esto tiene un impacto en lo que a la historia refiere. Sus libros nos muestran relatos únicos de quiénes no han sido fuentes para la historia, o al menos, no se han conocido estas visiones de los hechos. En ese sentido, Alexievich, nos presenta una alternativa para acercarnos a dichas historias a través de los recuerdos de su protagonistas.

Quisiera insistir en el punto de los recuerdos, ya que no podemos asegurar que los testimonios son los hechos históricos tal como sucedieron, sino que éstos son construcciones de memoria y eso implica que la naracción ya está teñida por el paso de los años.

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Con estos problemas tan propios de la historia oral siempre surge la pregunta sobre si estos testimonios nos están relatando el hecho histórico en su esencia. Yo pienso que no. Los testimonios son relatos subjetivos, de impresiones, de ciertas ideas, y por qué no decirlo, del tiempo mismo.

Raymond Aron, en una de sus clases en el College de France, puso mucho énfasis en la idea que el relato de una vivencia histórica siempre está sujeto a la subjetividad, por lo que no es el hecho histórico en sí – el que es incognoscible – sino que es una interpretación y como tal, está sujeto a una serie de estructuras tanto ideológicas como temporales – si bien las dos – que dan cuenta  del paso del tiempo en el recuerdo mismo.

Más allá del problema por el conocimiento histórico quiero destacar el rol de Svetlana y de su ejercicio periodístico – historiográfico. Pongo los dos conceptos porque no pertenece a ni uno ni a lo otro, y en este caso, me cabe la duda de si puede ser un mero ejercicio intelectual. Como señalaba, la autora nos está revelando fuentes testimoniales que no fueron escuchadas en su tiempo y que aparecen décadas más tarde. Las narraciones, además, son historias de la vida privada de estos sujetos, son su propia visión de los hechos históricos y sus consecuencias directas en las subjetividades de la cotidianidad. Esto no solo permite comprender la vida de un sujeto, sino que ayuda a comprender el paradigma con el que se pensaba y se aprehendía la realidad habitada. Cada época histórica tiene un corpus intelectual que permite conocer, y lo que se conoce, está marcado por la época. Por eso es una dialéctica indisociable.

Como ejemplo de esto, muchos de los protagonistas de Chernobyl cuentan que los soldados rusos les decían que la radiación ponía en peligro su vida y ellos miraban hacia todos lados y preguntaban: ¿dónde está la radiación? ¿Cómo nos va a matar algo que no se ve? 

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Esto puede ayudar a comprender, por ejemplo, el por qué no dejaron sus casas o por qué no tenían miedo. Incluso el por qué permitieron que sus hijos murieran a causa de la radiación. Algunos de los sobrevivientes fueron incapaces de comprender que había un ente invisible capaz de matarlos lentamente y de estropearlos genéticamente .

Para el lector la experiencia de lectura no tiene que ver con una reconstrucción historiográfica. Los libros no te explican ni en qué contexto ocurre lo que ocurre ni tampoco intentan responder preguntas en torno al proceso. Son testimonios. Dispersos. Quizás hasta desordenados e inconexos unos de los otros. Son personas contándole a una entrevistadora sus recuerdos.

Lo que me gusta de esta autora y de estos libros en particular es que permiten  comprender el paradigma con que los sujetos piensan su vida a la luz de estos hechos. No se logra comprender el proceso macro-histórico, sino que se revelan ciertos olores y ciertas texturas – metafóricamente hablando- que son difíciles de encontrar en los libros de historia y para qué decirlo, en los documentos o fuentes desde dónde se reconstruye tradicionalmente la misma. Es un ejercicio de empatía intelectual que nos abre la oportunidad de comprender la historia desde otras aristas. Aristas llenas de casualidades, de errores, de malas decisiones, así como también de buenas elecciones y de actos conscientes. Mas la mera mezcla de ambos elementos son con los cuales vivimos y desarrollamos nuestra vida año tras año, lo que permite por tanto adentrarnos a una narración del ser humano como tal, alejado de la idea de que desde un marco teórico elegido se pueden explicar cabalmente las decisiones y las visiones que uno tiene de su propia historia. Eso casi nunca es así.

 

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